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La primera mención documental que conocemos de la aldea de Dosamantes se remonta al año 1053 en un documento del cercano monasterio de Santa María la Real de Piasca, si bien la fecha de su nacimiento pudo ser mucho más temprana. Como otras muchas aldeas medievales, Dosamantes era un pequeño núcleo rural dedicado a las labores del campo: ganadería y, especialmente, agricultura. Hoy, muchos siglos después, Dosamantes se mantiene fiel a su pasado: resguardada por las peñas de Brez y del Cigal sigue siendo el mismo lugar
hermoso y tranquilo que unos campesinos medievales escogieron para vivir sus vidas. Montes de encina, roble, alcornoque y haya bordean las casas de la aldea, en cuyos huertos se cultivan los más variados productos. E intercalados entre los pastos que alimentan a ovejas y vacas dan su fruto cerezos, nogales, castaños, manzanos, perales e higueras.
Sobre su original y bello nombre se han vertido las más variadas hipótesis. Aunque es muy probable que el origen del nombre esté en relación con un antropónimo romano, la tradición ha querido ver en tan llamativo topónimo el recuerdo de una historia de amor entre dos amantes tan apasionados que dieron incluso su vida por no verse nunca separados.
Lo cierto es que Dosamantes invita al amor, al menos al amor por una naturaleza tan generosa que nos regala amaneceres de ensueño y noches estrelladas, cantos de pájaros y despertar de flores, música de agua y caricia de brisa. El amor de una naturaleza que nos ama: ese es el amor de Dosamantes.

 

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